
Lorena Delgado Alonso
LA BOBINA MARAVILLOSA
Érase un vago principito que no quería estudiar. Cierta noche, después de haber
recibido una buena regañina por su pereza, suspiró tristemente, diciendo:
-¡Ay! ¿Cuándo seré mayor para hacer lo que le apetezca?
Y es que a nuestro principito no le apetecía hacer nunca nada, estaba hecho como
quien dice, un vaguete y siempre decía:
-Mañana lo haré.
Y he de aquí que, a la mañana siguiente, descubrió sobre su mullida cama una
bobina de hilo de oro de la que salió una débil voz que decía:
-Trátame con cuidado, querido príncipe. Este hilo representa la sucesión de tus
días. Conforme vayan pasando, el hilo se irá soltando. No ignoro que deseas crecer
pronto... Pues bien, te concedo el don de desenrollar el hilo a tu antojo, pero ten
mucho cuidado con lo que haces, porque todo aquello que hayas desenrollado no
podrás ovillarlo de nuevo, pues los días pasados no vuelven.
El príncipe, para cerciorarse, tiró con ímpetu del hilo y se encontró convertido en
un apuesto príncipe al que todas las jóvenes chicas del reino se le insinuaban.
Tiró un poco más y se vio llevando la corona de su padre. ¡Era rey! Sí, todo el reino
era suyo, todo con lo que siempre había soñado ahora le pertenecía a él y a nadie
más que a él.
Con un nuevo tironcito, inquirió:
-Dime, Bobina, ¿cómo serán mi esposa y mis hijos?
En el mismo instante, una bellísima joven, y cuatro niños rubios surgieron a su
lado.
Sin pararse a pensar, su curiosidad se iba apoderando de él siguió soltando más y
más hilo para saber cómo serían sus hijos de mayores: qué estudiarían, con quién
se casarían, cuántos hijos o hijas tendrían...
De pronto se miró al espejo y vio la imagen de un anciano decrépito, de escasos
cabellos nevados.
Se asustó de sí mismo y del poco hilo que quedaba en la bobina.
Desesperadamente, intentó enrollar el hilo del carrete, pero no lo logró.
Entonces recordó las palabras de aquella débil voz:
-Todo aquello que hayas desenrollado no podrás ovillarlo de nuevo, pues los días
pasados no vuelven.
¡Los instantes de su vida estaban contados! Entonces la débil vocecilla que ya
conocía, habló así:
-Has desperdiciado tontamente tu existencia. Ahora ya sabes que los días perdidos
no pueden recuperarse. Has sido un perezoso al pretender pasar por la vida sin
molestarte en hacer el trabajo de todos los días. Sufre, pues, tu castigo.
El rey, tras un grito de pánico, cayó muerto: había consumido la existencia sin
hacer nada de provecho.